Una película que funciona mejor como declaración de intenciones que como obra acabada: su blanco y negro resulta desigual en relación con las películas proyectadas, y un montaje excesivamente generoso perjudica el ritmo general. Sin embargo, logra introducir al espectador de manera efectiva en la experiencia del protagonista mediante dos quiebres de la cuarta pared bien calibrados, y construye metáforas visuales coherentes sobre la precariedad cultural. La elección estética se revela más como recurso presupuestario que como decisión plástica resuelta, pero la propuesta reivindicativa sobre la situación del cine en Argentina emerge sin caer en el panfleto.
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