El documental de Hartmann aborda su tema mediante un extenso uso de reenactment para la primera etapa del relato, combinando reconstrucciones actuadas con entrevistas a sobrevivientes y descendientes, un recurso discutible en su aplicación tan dominante. Gana en potencia en su segunda mitad, cuando reflexiona sobre la fama que la acusada obtuvo tras salir de prisión y su conversión en personalidad mediática, cuestionando así un mercado cultural que perpetúa el mito de la asesina mientras margina a sus víctimas. Sin embargo, la película incurre en la misma lógica de explotación que critica, perpetuando ese consumo masivo del caso que analizan sus propios entrevistados.
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