Una producción redonda que, sin diálogos hablados, construye un concepto cinematográfico nuevo y refrescante donde los monólogos internos de los personajes se entretejen condicionados por la presencia de los otros, permitiendo que cada uno encuentre su momento para desarrollarse pese a la corralidad del elenco. La ausencia de palabra deviene poética y funcional: los gestos delatan lo que se calla, la ansiedad y el desagrado se filtran en cada plano, y la música descontractura una escena que transmite un tema serio con humor sin perder seriedad. Como comedia funciona de manera sólida, con un concepto que trae frescura a la conversación sobre la incapacidad de comunicación y sus consecuencias asfixiantes.
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