La película construye un discurso moralizante y clasista sobre la violencia que esquematiza sus causas: mientras presenta a los personajes de menor condición económica como irremediablemente propensos a arrebatos destructivos, retrata a los de mayor poder adquisitivo ejerciendo una violencia implícita y sofisticada que la narración normaliza. Bajo la apariencia de un humor negro crítico, refuerza la idea de que la violencia subjetiva y visible es un problema de degradación moral individual, eludiendo cualquier interrogación sobre las violencias estructurales e implícitas que sostienen el orden social, lo que termina legitimando las mismas estructuras que pretendería cuestionar.
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