Una obra que canaliza magistralmente la violencia reprimida de personajes domesticados por la sociedad, transformándola en un espectáculo catártico donde el equilibrio narrativo oscila entre la precisión del guión y la brutalidad desmesurada. Szifrón construye historias que funcionan como una olla a presión, donde la violencia implícita estalla de forma caótica pero verosímil, coqueteando con lo grotesco e irónico sin perder su reflejo de la realidad. El resultado es una película que juega con la incomodidad del espectador, generando momentos donde la risa y la perplejidad conviven, en un tono que reivindica la libertad creativa en tiempos de corrección política.
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