El cortometraje documusical de Lucrecia Martel despliega su característica inquietud cinematográfica en la trastienda íntima de un encuentro de músicas norteñas durante la pandemia, tejiendo registros visuales disímiles —desde planos frondosos hasta filmaciones caseras capturadas por celulares— que construyen una atmósfera donde la rabia y el lamento se transforman en vibración sonora. Con un sonido directo notable y una edición precisa, la película consolida la elegancia formal de la directora al documentar cómo el espacio doméstico y natural se convierte en escenario donde conviven distintas músicas y voces políticas, en particular la de artistas trans y travestis.
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