Una obra que abandona la precisión formal característica de Martel para abrirse a la inmediatez y la energía sin pulir del cine digital, funcionando como un ejercicio de escritura automática visual. Aunque modesta en alcance y duración, la película despliega una forma directa y menos opaca de hacer política: al situar a músicas marginadas en primer plano —copleras, raperas, artistas queer, un dúo de noise feminist— construye un retrato de solidaridad colectiva donde cada performance encarna pérdida o resistencia. El resultado es una pieza menor pero audaz que, lejos de buscar la claridad narrativa de trabajos anteriores, apela a la potencia del documento musical para exigir que estos artistas sean vistos y escuchados.
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