Demián Rugna reinventa el subgénero de la posesión demoníaca al reformularlo como un brote vírico imparable que se propaga como un apocalíptico reguero de pólvora, logrando sorprender con una sabiduría superior en el manejo del horror que evita los clichés del género. La película brilla especialmente en su primera mitad con momentos memorables de suspense magistralmente orquestado, aunque mantiene una intensidad brutal y una imprevisibilidad despiadada hasta el final, sustentada por interpretaciones convincentes de los protagonistas y un dominio visual de lo grotesco que desafía todos los límites del buen gusto, configurando así una obra maestra contemporánea del cine de terror.
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