Una película de folk horror sudamericano que construye su inquietud a través de la lentitud, la precisión visual y el diseño sonoro denso en lugar del susto explícito. Casabé dirige con minimalismo cruel y lirismo, cercano a Aster y Coppola, donde la cámara de Tenorio electriza espacios opresivos y rostros adolescentes donde cada gesto amenaza. El elenco coral responde con precisión, especialmente Oliverio en una revelación de contención. La película abraza la ambigüedad, sugiere más que explica, y reivindica el deseo femenino como potencia caótica sin redención. Una experiencia incómoda, espesa y magnética, quieta en la superficie pero imposible de ver hasta el fondo.
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