Rugna despliega un folk horror de impacto devastador que combina magistralmente el realismo costumbrista con una violencia extrema y visceral, rozando el splatstick mediante un gore que no respeta tabúes ni colectivos vulnerables. Con un brillante primer acto conmovedor, la película deconstruye el canon de las posesiones demoníacas para componer una macabra amalgama donde la maldad funciona como metáfora del miedo a un futuro incierto, materializando la angustia de sociedades en riesgo donde los más desprotegidos carecen de amparo institucional.
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