Tercera entrega de una trilogía sobre una relación doméstica que deviene en violencia, la película concluye de manera potente y brutal esta historia mediante un montaje que comienza con el final y entrelaza tiempos para mostrar la progresiva intromisión y violencia de un hombre sobre su ex pareja e hija. La película logra meterse en la perspectiva del agresor sin justificarlo, mientras ambos actores construyen personajes convincentes: él, nervioso y terrible en su imposibilidad de aceptar límites; ella, fuerte y frágil simultáneamente, intentando razonar con su victimario. Se trata de una obra áspera, cruda e incómoda que expone directamente la toxicidad de las relaciones posesivas, resultando potente precisamente en su dureza formal.
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