La película logra una deconstrucción efectiva de la "perfección" mediada por pantallas, utilizando una estructura de comedia romántica invertida donde el duelo se convierte en herramienta para desmantelar mentiras. Rodada en apenas diez días con precisión técnica notable, Santa Ana emplea una edición ágil que simula el caos mental de una ruptura en la era digital, consolidándose como voz coherente del cine queer argentino contemporáneo. El conflicto puramente interno entre los personajes y la presencia fantasmal del ausente a través de su voz genera una propuesta formal innovadora que ha resonado globalmente en festivales internacionales.
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