Crítica de Fin de fiesta
Dentro de una filmografía que se ha distinguido por su excepcional brillo formal y su audacia temática, este título representa un paso atrás: es decididamente inferior a la novela que lo origina. El guion, excesivo e indiscriminado, acumula episodios sin jerarquizarlos, y la dirección los resuelve con fría precisión escena por escena, pero descuida la continuidad dramática esencial. A esta altura de su obra, el depurado lenguaje cinematográfico ya no alcanza como mérito suficiente.
El de Torre Nilsson es un caso muy especial dentro del cine argentino, quizá porque su obra es la que menos se identifica con lo que ese cine se ha empeñado en ser, aparentemente obsesionado en prolongar la vigencia de viejos moldes y recursos e ingenuamente convencido (?) de que puede llegar a adquirir una nueva fisonomía con la misma gente que hace cerca de 20 años le dio un esbozo de personalidad.
El aporte de Torre Nilsson se tradujo, ante todo, en el insólito brillo formal que ha mostrado sus films, exponentes de un lenguaje cinematográfico de tal calidad que, además de haber superado cualquier antecedente de nuestro medio, ha llamado también la atención de sectores muy calificados de la crítica europea. Junto a ese despliegue, y como resultado de la colaboración que le ha brindado Beatriz Guido, se asoció la audacia de una temática a la que cabe ese calificativo más que por la elección de determinados asuntos, por su valentía para prescindir de convencionalismo y esquemas narrativos habituales.
Aunque desde el punto de vista argumental esa obra parece obedecer a una misma concepción dramática, donde se reiteran dos o tres notas básicas y donde adolescencia y juventud son siempre sus protagonistas, es precisamente su aspecto argumental el que, al menos en nuestro medio, centralizó las mayores críticas a la labor de Torre Nilsson.
Fundadas o no, y creemos que no es esta la oportunidad para volver sobre ellas, esas críticas lograron escindir en dos aspectos perfectamente identificables a sus últimos films. Lo que lógicamente derivó en teorías y opiniones sobre la paridad de creación que en cada uno de esos títulos correspondía al director o a su argumentista. Una corriente de opinión con la que de alguna manera y pese a reservas menores no nos hicimos partícipes, terminó entonces por objetar lo que se supuso el aporte de Beatriz Guido, con el antecedente siempre de El secuestrador, donde la idea original, contenida en un cuento brevísimo, se prolongaba un poco artificialmente y con efectismos deliberados para cumplir con las exigencias de duración de un libreto cinematográfico.
Algo que Fin de fiesta autoriza a revisar en primer término es esa creencia. Porque se produce ahora el caso inverso y el film es decididamente inferior a la obra que lo ha originado. Repitiendo lo que hemos dejado sentado ya en otra parte, la de Beatriz Guido nos parece una excelente novela, donde a la riqueza de su material argumental se une un fluido y atrayente lenguaje narrativo, la acertada descripción de los personajes y una válida y certera progresión dramática. El film no alcanza a transmitir su contenido, y esa es una falla grave porque debe admitirse que esa era también su objetivo esencial.
Lo que la novela logra y el film no, es asociar satisfactoriamente el conflicto individual del protagonista con el ambiente social y político de la época en que se lo ubica. Y ese enlace es capital, porque al margen de los datos meramente subjetivos que puede aportar aquel conflicto, su raíz esencial deriva del choque, del enfrentamiento con la realidad que lo rodea, una realidad con la que se vincula no sólo por razones históricas sino también íntimamente familiares.
El film oscila entre la descripción de los dos planos, pero por defectos en los que incurren por igual libreto y dirección se mantiene en la superficie de los mismos y la relación que establece entre ellos aparece artificial y muy poco fundada. El libreto peca por exceso, por el entusiasmo con que recoge el material de la novela obedeciendo a un criterio un poco indiscriminado que no le permite distinguir lo principal de lo accesorio. La atracción de lo episódico ha privado en esa elección, atendiendo probablemente más a sus posibilidades de formulación visual que a su importancia dentro de la narración. El guion concluye entonces por convertirse en una suma de episodios que dramáticamente funcionan con gran independencia y transmiten una visión fragmentada de la historia y de sus motivaciones esenciales.
El estilo de la realización parece hallarse muy cómodo con la estructura del libreto y sortea, si cabe, aquellas deficiencias, resolviendo escena por escena con metódica y fría precisión, calculando su desarrollo con el gusto y el sentido del cine que posee Torre Nilsson, pero descuidando el desarrollo más fundamental e importante que debía surgir de la relación y la continuidad entre esas escenas.
Frente a ese hecho y a esta altura de su obra, importa secundariamente verificar una vez más el depurado lenguaje cinematográfico que maneja Torre Nilsson y parece legítimo comenzar a pedirle logros mayores.
Muy buena fotografía de Ricardo Younis y la actuación de Lautaro Murúa. El resto es olvidable.
